Hace cinco años, el día de Nuestra Señora del Carmen, mi hijo Guillem nos llamó por teléfono a su padre y a mí para decirnos que se tomaba un tiempo sin nosotros porque no se había sentido querido por sus padres.
Ahora pido a José María Hernández Garnica que, después de haber pedido tantas veces perdón a Dios por las faltas que hayamos podido cometer contra nuestro hijo, podamos saber algo de él y que, cuando llegue ese momento, podamos acogerlo como al hijo pródigo, amado para siempre.
Gracias, Chiqui.

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